El otro día me iba caminando por el SUB y vi, por casualidad, un compañero de una de mis clases de portugués. Es mexicano y tenemos una relación interesante – hablamos en portugués durante la clase y en español antes y después. Tengo esta misma relación con varias personas que estudian portugués conmigo.
Ese día que me iba caminando, estaba muy cansada y no ponía atención en mis alrededores. Cuando vi a mi compañero de clases, por un momento mi mente quedó en blanco y no recordaba de cuál de mis seis clases era. Tampoco recordaba qué idioma hablábamos entre nosotros, entonces le saludé en inglés. En el momento que vi la sonrisa caer de su cara recordaba que él tomaba portugués conmigo. Mientras yo le volví a saludar en portugués, él me saludó en inglés. En otro segundo recordé que siempre hablamos español, entonces le pregunté cómo estaba, en español. Al fin, él volvió a sonreír y me regresó el saludo en la misma lengua.
Todo esto pasó en un par de segundos mientras íbamos caminando, pero me dejó pensando. Hemos hablado mucho de cómo nuestro uso de un idioma nos ayuda definir una identidad, y en esta interacción lo vi. En el momento en que le saludé en inglés, el idioma de la universidad, formalicé nuestra relación y puse una barrera entre nosotros, aun sin querer. Él respondió en la lengua “neutral”, pero su actitud había cambiado. Sólo a volverle a saludar en la lengua establecida en nuestra relación, el ambiente volvió a ser amigable. Qué interesante, ¿Que no?
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